lunes, 28 de enero de 2008

Nietzsche y el hombre promedio (2ª parte)


La moral del hombre corriente

Ser promedio, en el pleno sentido de Nietzsche, puede ser considerado como una afirmación realizada a través de la negación. El hombre promedio no se confirma a sí mismo mediante información estadística acerca de lo que suelen hacer los hombres de su clase; lo que hace es construirse una imagen de oposición a las otras clases. Existe en este caso una doble negación: por un lado, se reniega de la clase inferior, de la baja. Aquí la identidad se construye a partir del enunciado “yo no soy pobre”. A pesar de que pueda aparentar lo contrario, esta autodefinición se hace desde una negación (y no por una afirmación, como Nietzsche describía a los nobles) Razones para rechazar una pertenencia al estrato más bajo son diversas y justificables: estigmatización social (entre pares, entre vecinos, en el mercado laboral). Por otro lado, y la más importante en este ensayo, se reniega de la clase superior.

Aquí la identidad se construye a partir del enunciado “yo no soy rico”. Pero es más complejo que la riqueza material (que sería hipócrita el adquirir que no se desea). Lo que se rechaza en particular es la imagen que la elite, la clase dominante, los elegidos, se ha creado de si misma: costumbres, valores, creencias. La imagen que podemos “apreciar” en series de televisión, en las páginas de socialité en los diarios, en las novelas de José Donoso y las películas de Luís Buñuel. Sea esta concepción un estereotipo o no, no importa; el hecho es que existe dentro del conciente colectivo. Como resultado “yo no soy cuico”.

Pero ser promedio significa mucho más que pertenecer a un estrato socioeconómico. ¿Quién conoce la experiencia de ser un lector compulsivo? ¿Alguien se ha topado con la incómoda situación donde es necesario responder a una pregunta de la siguiente manera: “No, no me gusta el fútbol”? Ser promedio implica el seguimiento riguroso de una serie de pautas, de lo que considera “promedio”, y quien no las siga, es atacado. Los valores de la humildad, la bondad o la templanza eran los propagados por los sacerdotes; en la actualidad, los valores de reemplazan son la simpleza, el sentido del humor, el seguimiento de las costumbres, etc. El hombre promedio disfruta de una pichanga, de unos vasos de vino con los amigos, de las mujeres de buen físico. Esto es la antítesis de la elite, que valora principalmente lo exótico, la seriedad, lo exuberante.

Aún más lejos: la distinción que otrora hizo el sacerdote encontraba su razón como respuesta a los excesos de la aristocracia. El concepto de “promedio” actúa de manera similar: frente a la riqueza, la belleza y la rigurosidad de las elites, el hombre promedio elige caracterizarse por ser pobre (pero honrado), feo (pero buena onda) y flexible (o relajado).

¿Elegía de lo mediocre?

La voluntad de poder es un concepto propio de Nietzsche que ha generado considerables debates acerca de su significado. Los primeros intérpretes de Nietzsche lo veían como la búsqueda de poder específicamente político. Fue Heidegger quien se opuso a esta idea y realizó su interpretación personal de voluntad de poder, que es la que se toma como “la mejor” desde el punto de vista de este ensayo.

“Voluntad de poder” se opone a la “voluntad de vivir” de Schopenhauer, según la cual toda forma de vida se motivan por la sustentación y supervivencia de su existencia. La voluntad de poder es una superación de la voluntad de vivir, que es una necesidad básica (“Toda vida que se limita únicamente a la mera conservación es ya una decadencia.”[1]). La voluntad de poder es la necesidad de ejercer y utilizar el poder dentro de cada uno para crecer, expandirse y dominar a otros. Lo que para muchos sonaba como una justificación para la dominación del hombre por el hombre es en realidad una afirmación de la vida propia, una urgencia por mejorar la situación individual.

Los conceptos de voluntad de poder y superhombre son discutidos hacia el infinito por los grandes cabecillas de la filosofía respecto a su significado. Pero el fin de Nietzsche para nosotros no es algo tan difícil de consensuar: que seamos mejores personas. Por supuesto, ese “mejor” corresponde a la idealización del propio Nietzsche, pero, aún si no compartimos sus ideales de superación, el afán por encontrar un hombre más allá del Último Hombre.

Dejemos al Ubermensh tranquilo por un rato…La filosofía se ha dormido en sus laureles en el sentido que se estudia como al fulgor distante de una estrella ya muerta. La filosofía es tomada por ideas extrañas y abstractas, cuando en realidad también debería tener un fin práctico. Hacernos mejores personas. La voluntad de poder es una herramienta por la que podemos aspirar a más, superarnos en cualquier área, ser la causa de un fenómeno y no dejarse arrastrar por las consecuencias. Es autodeterminación, es ser asertivo, es ser responsable de los actos (usando “responsabilidad” en el sentido sartreano). Esta tarea actualmente se ha delegado a los Hurtadores de Quesos, a los Alquimistas, a los Floristas de Bach. Voluntad de poder debería entenderse como “Querer, en general, es tanto como querer ser más fuerte, querer crecer y querer también los medios necesarios para ello.”[2]

La voluntad de poder, en el pensamiento de Nietzsche, es la única herramienta que nos sirve para combatir a la mentalidad borreguil. Lamentablemente, la voluntad ha sido malinterpretada o subvalorada, mientras que la mentalidad borreguil ha ganado fuerzas, gracias a elementos como los de comunicación masivos.

Hemos llegado al estado en que el mero intento de ejercer una voluntad de poder trae el desprecio de nuestros congéneres. Actualmente, la búsqueda por alcanzar metas mayores parece estar muy relacionado con una idea de progresar económicamente, de arribismo. Como consecuencia, el afirmar una postura que intente ir más allá del promedio es juzgado como un acto de traición hacía el “plebeyismo”. El ser promedio implica mantenerse sujeto a lo establecido. Bajo el velo de lo corriente, lo familiar, los sujetos niegan la necesidad de afirmar, y el sentido de lo promedio se convierte en defensa por la mediocridad. Volviendo a la relación con la moral de esclavo, no busca afirmar sino negar a través del resentimiento. Quien intenta salirse de lo convenido se está pasando simbólicamente al bando de los odiados. Y aún si existen o no fundamentos para detestarlos, en su visión clasista y materialista del mundo son mucho “más auténticos” (como diría Nietzsche) porque se construyen a sí mismos a partir de una afirmación.

La capacidad para ejercer voluntad debe ser retomada. Las personas deben reencontrarse con su facultad para superarse a sí mismos, y así superar el nihilismo del status quo. Aún si “lo normal” perdura como barrera, trascenderla significará una verdadera evolución para cada uno. Este es un paso necesario si queremos ver al Superhombre en la Tierra.



[1] Caminos del bosque, pg. 212

[2] Ibíd., pg. 219

2 comentarios:

Roberto dijo...

clap clap clap!

Anónimo dijo...

una vez estudié en la biblia (ese viejo libro) hacerca de qué era a mi entender lo escencial que podía ser rescatado de nuestra humanidad, desde donde comenzar, hacer pie. A qué apela Dios al comenzar su trato con nosotros (suponiendo que fuera posible) y llegué a la misma sorprendente conclusión que vos llegaste: se apela a la voluntad.Por mas caídos que estemos como raza, nuestra voluntad sigue ahí como intacta,esperando como vos decís, que nos hagamos cargo.
muy bueno tu blog
saludos
fandelrey.blogspot.com