jueves, 9 de agosto de 2007

La reivindicación del niño sudaca

“La maravilla de un solo copo de nieve supera la sabiduría de un millón de meteorologistas.”

- Sir Francis Bacon

“No debes quejarte de la nieve en el tejado de tu vecino cuando también cubre el umbral de tu casa.”

- Confucio


Nunca he sido un resentido social. No tengo sueños de riqueza (y la fama me repugna), no planeo largarme del país en cuánto tenga los medios (aunque tampoco lo descarto), y no muero por llenarme con los últimos gadgets que la tecnología haya parido, cualesquiera que sea la temporada. Sí, me gustaría mucho tener una Playstation 3 o un IPhone, pero no más allá de lo que me gustaría saber tocar un instrumento musical o tener un mejor olfato. Son deseos vagos que se esfuman en cuanto hay que confrontarse con la realidad. La gran excepción, y aquello que por años me atormenta(ba), es la envidia que me producían las imágenes de los niños del primer mundo cuándo recibían un regalo que por su naturaleza, debería ser un bien del que todos podamos disfrutar: una Blanca Navidad.

Mis recuerdos de la infancia son especialmente vagos. Apenas me alcanza para dedicarme a la nostalgia. Pero entre esos retazos como espejos machacados, distingo las impresiones que operaban en mí respecto a la nieve. Como cualquier hijo del postmodernismo, me han alimentado desde el inicio de mi existencia con imágenes de la televisión, traídas de todos los rincones del mundo. En ellas veía como los niños norteamericanos, alemanes y franceses esperaban con ansias la llegada del invierno, por una razón tan sencilla como la es que el clima especialmente frío produjera la condensación del agua acumulada en las nubes, agua que después caía del cielo en forma de fragmentos sólidos, blancos, suaves al tacto, y muy fríos. Esta “nieve”, como le decían los actores de doblaje, poseía una maleabilidad única, siempre que la temperatura se mantuviera bajo cero. Los niños podían recogerla de cualquier parte (ya que la nieve no se distribuye según la estructura del ingreso) y hacer con ella lo que quisiesen: dar rienda suelta al Tánatos (al lanzarla contra terceros) o al Eros (moldeando esculturas con ella). Las opciones son infinitas. La nieve también implicaba 2 cosas: el cierre de las escuelas, y la llegada de Papá Noel en su trineo (no me puedo quejar por la ausencia de este último).

Y la nieve llegó, cuando menos me lo esperaba: mayorcito, peludo, a unos años de incorporarme en definitiva al mundo laboral. Empezó ayer por la tarde, principalmente en zonas más elevadas como Las Condes o Lo Barnechea (lo que para un cientista social es material genial para chistes privados). A medida que avanzaba el tiempo, fue esparciéndose en su zona de caída, hasta cubrir prácticamente la mitad de Santiago. Y tuvimos nieve, y la disfrutamos. Estuve al menos una hora parado a la salida de mi casa, no haciendo más que estar allí, presente en el momento, dejando que mi abrigo y mi piel absorbiera los copos (además de la ocasional calada al cigarrito), viendo como el paisaje a mi alrededor perdía delineación, fundiéndose todo elemento en un único blanco. Y viendo en los noticieros que decenas de personas se agrupaban en Plaza Italia a medianoche con el puro objetivo de sacar algunas fotos, y en los matinales a los trabajadores lanzándose bolas de nieve mientras esperaban la micro, supe que no era el único con esta fantasía.

Y es aquí donde doy chipe libre a la reflexión social. Vivimos en un mundo en el que la constante publicidad nos dice que el acto de comprar nos acerca paso a paso a estar en iguales condiciones que los países más desarrollados. En este contexto, la nieve siempre ha simbolizado para mí la línea que nos delimita. Es algo que, sin importar cuánto nos endeudemos, cuán bien pagada sea nuestra profesión, cuán exitosos seamos como individuos, como nación y como continente, nunca seremos como “ellos”. Como la diferencia infranqueable que produce el título entre un noble y un villano o la ascendencia espiritual entre un brahman y un shudra. Los blancos parajes son recordatorio para mí, y para quien sabe cuántos, de que el mundo es un lugar tan frío e inhóspito como el manto que por unas horas nos cubrió.

3 comentarios:

socióblogo dijo...

Ese proceso de esparcimiento progresivo de la nieve por Santiago suena como a trickle down , jajaja.

En todo caso creo que hay pocos fenómenos climáticos tan justos como la nieve, que usualmente cae sobre quienes pueden sorportarla sin tantas dificultades (al menos si reducimos la observación al universo de Santiago): barrios con casas sólidas y calefacción. En cambio fíjate lo que pasa con el smog: siempre en Pudahuel se registran las mediciones más altas. Las lluvias también son desastrosas para muchos, en cambio Providencia, Las Condes, Vitacura, La Reina o Santiago normalmente no se inundan, salvo esa vez que se inundó Av. Escrivá de Balaguer.

socióblogo dijo...

A todo esto, ¿cachai cómo se murió Francis Bacon? Tiene que ver con nieve...

juan dijo...

Básicamente la nieve se produce por el síndrome coca-cola. Por la maquinaria y la gestación de su imaginario, que, para el niño sudaca, es ley. Y esa ley se transforma en palabra de Dios para un santiaguino. Para un ser capitalino de la periferia como yo, la nieve era un lujo, era un patrimonio solo para los vecinos del Alto Las Condes, para quienes se despiertan en la mañana con el Marriot adornando el horizonte. De hecho, perdí mi virginidad nevadera yendo a buscar a mi novia a su trabajo. En el Marriot.

Que después haya nevado en mi casa, pleno barrio de Estación Central fue un accidente. Un accidente que me hizo sentir que por una vez en la vida, hasta la naturaleza había sido justa. Porque es cosa de ver: siempre llueve más en la periferia, los días más helados están en la periferia, las heladas sólo matan la fruta y verdura de los pequeños agricultores, la contaminación de todos se junta por obra y gracia de la naturaleza, en los sectores pobres. La nieve es solo la parte fifí, “el dolor” del ABC1, que en estricto rigor, si bien es “bonito” por lo inusual para el chileno medio, para ellos pierde sorpresa porque básicamente, si quiere ver nieve, solo tiene que subir a El Colorado y aventurarse con su taba mientras colisionan cerro abajo con copitos tan blancos como sus dientes.
Sin embargo ahí estaba la nieve, que caía gentil, delicadamente, como una madre con mirada contemplativa que recibe al hijo en el regazo y lo acaricia dulcemente. Y lo primero que nace es el pensamiento positivo, aparece el viejo gordo pedófilo, el de los regalos y trineos con venados. Un vejete homosexual que coca-cola nos enseño a venerar, los canales aprovecharon de dar “Mi Pobre Angelito” una y otra vez, donde la nieve sirve de compañera en la soledad y lugarteniente de trampas y juegos, los noticiarios dejaron el amarillismo y mostraron como todo sacaban a ese niño que llevaban dentro a ese imberbe traumado que nunca vió la nieve caer, nunca supo de ese misterioso espíritu que cubría al mundo con un color blanco puro y esperanzador.

Pero, es tan así la cosa?

Yo creo que no. Básicamente la nieve no es señal de nada, en el sur nieva casi todo el invierno, y no he sabido de ningún niño que se entusiasme cada mañana al tener que enfrentarse al frío, a las ráfagas de viento helado y a las capas de nieve gruesas que ocultan lo accidentado del camino, esos 2 kilómetros de ruta a la escuelita de 12 alumnos. Ni tampoco a ningún adulto preocupado de “El señor nieve con nariz de zanahoria y ojos de pimentón, simplemente porque están preocupados de salvar esos pimentones y esa zanahoria para que no sea total la pérdida que generan las heladas.

No veo gracia en la nieve, no le veo el romanticismo, para mi es la cara bonita de una tragedia, una asesina con el cuerpo de una diosa. Un asaltante buena onda, tu suegro que si puede te caga.
Porque ni siquiera para una pareja es lindo caminar bajo la nieve, el frío el agua que traspasa los tejidos, todo es una mierda.

Pero es mejor vivir en el mundo coca-cola. Ayuda a mantener a la gente sin pensar.

PD: sorry la demora y lo eterno del texto. Si pilla alguna incoherencia entre párrafos es porque este semi-ensayo se realizó en horario de trabajo