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lunes, 28 de enero de 2008

Nietzsche y el hombre promedio (2ª parte)


La moral del hombre corriente

Ser promedio, en el pleno sentido de Nietzsche, puede ser considerado como una afirmación realizada a través de la negación. El hombre promedio no se confirma a sí mismo mediante información estadística acerca de lo que suelen hacer los hombres de su clase; lo que hace es construirse una imagen de oposición a las otras clases. Existe en este caso una doble negación: por un lado, se reniega de la clase inferior, de la baja. Aquí la identidad se construye a partir del enunciado “yo no soy pobre”. A pesar de que pueda aparentar lo contrario, esta autodefinición se hace desde una negación (y no por una afirmación, como Nietzsche describía a los nobles) Razones para rechazar una pertenencia al estrato más bajo son diversas y justificables: estigmatización social (entre pares, entre vecinos, en el mercado laboral). Por otro lado, y la más importante en este ensayo, se reniega de la clase superior.

Aquí la identidad se construye a partir del enunciado “yo no soy rico”. Pero es más complejo que la riqueza material (que sería hipócrita el adquirir que no se desea). Lo que se rechaza en particular es la imagen que la elite, la clase dominante, los elegidos, se ha creado de si misma: costumbres, valores, creencias. La imagen que podemos “apreciar” en series de televisión, en las páginas de socialité en los diarios, en las novelas de José Donoso y las películas de Luís Buñuel. Sea esta concepción un estereotipo o no, no importa; el hecho es que existe dentro del conciente colectivo. Como resultado “yo no soy cuico”.

Pero ser promedio significa mucho más que pertenecer a un estrato socioeconómico. ¿Quién conoce la experiencia de ser un lector compulsivo? ¿Alguien se ha topado con la incómoda situación donde es necesario responder a una pregunta de la siguiente manera: “No, no me gusta el fútbol”? Ser promedio implica el seguimiento riguroso de una serie de pautas, de lo que considera “promedio”, y quien no las siga, es atacado. Los valores de la humildad, la bondad o la templanza eran los propagados por los sacerdotes; en la actualidad, los valores de reemplazan son la simpleza, el sentido del humor, el seguimiento de las costumbres, etc. El hombre promedio disfruta de una pichanga, de unos vasos de vino con los amigos, de las mujeres de buen físico. Esto es la antítesis de la elite, que valora principalmente lo exótico, la seriedad, lo exuberante.

Aún más lejos: la distinción que otrora hizo el sacerdote encontraba su razón como respuesta a los excesos de la aristocracia. El concepto de “promedio” actúa de manera similar: frente a la riqueza, la belleza y la rigurosidad de las elites, el hombre promedio elige caracterizarse por ser pobre (pero honrado), feo (pero buena onda) y flexible (o relajado).

¿Elegía de lo mediocre?

La voluntad de poder es un concepto propio de Nietzsche que ha generado considerables debates acerca de su significado. Los primeros intérpretes de Nietzsche lo veían como la búsqueda de poder específicamente político. Fue Heidegger quien se opuso a esta idea y realizó su interpretación personal de voluntad de poder, que es la que se toma como “la mejor” desde el punto de vista de este ensayo.

“Voluntad de poder” se opone a la “voluntad de vivir” de Schopenhauer, según la cual toda forma de vida se motivan por la sustentación y supervivencia de su existencia. La voluntad de poder es una superación de la voluntad de vivir, que es una necesidad básica (“Toda vida que se limita únicamente a la mera conservación es ya una decadencia.”[1]). La voluntad de poder es la necesidad de ejercer y utilizar el poder dentro de cada uno para crecer, expandirse y dominar a otros. Lo que para muchos sonaba como una justificación para la dominación del hombre por el hombre es en realidad una afirmación de la vida propia, una urgencia por mejorar la situación individual.

Los conceptos de voluntad de poder y superhombre son discutidos hacia el infinito por los grandes cabecillas de la filosofía respecto a su significado. Pero el fin de Nietzsche para nosotros no es algo tan difícil de consensuar: que seamos mejores personas. Por supuesto, ese “mejor” corresponde a la idealización del propio Nietzsche, pero, aún si no compartimos sus ideales de superación, el afán por encontrar un hombre más allá del Último Hombre.

Dejemos al Ubermensh tranquilo por un rato…La filosofía se ha dormido en sus laureles en el sentido que se estudia como al fulgor distante de una estrella ya muerta. La filosofía es tomada por ideas extrañas y abstractas, cuando en realidad también debería tener un fin práctico. Hacernos mejores personas. La voluntad de poder es una herramienta por la que podemos aspirar a más, superarnos en cualquier área, ser la causa de un fenómeno y no dejarse arrastrar por las consecuencias. Es autodeterminación, es ser asertivo, es ser responsable de los actos (usando “responsabilidad” en el sentido sartreano). Esta tarea actualmente se ha delegado a los Hurtadores de Quesos, a los Alquimistas, a los Floristas de Bach. Voluntad de poder debería entenderse como “Querer, en general, es tanto como querer ser más fuerte, querer crecer y querer también los medios necesarios para ello.”[2]

La voluntad de poder, en el pensamiento de Nietzsche, es la única herramienta que nos sirve para combatir a la mentalidad borreguil. Lamentablemente, la voluntad ha sido malinterpretada o subvalorada, mientras que la mentalidad borreguil ha ganado fuerzas, gracias a elementos como los de comunicación masivos.

Hemos llegado al estado en que el mero intento de ejercer una voluntad de poder trae el desprecio de nuestros congéneres. Actualmente, la búsqueda por alcanzar metas mayores parece estar muy relacionado con una idea de progresar económicamente, de arribismo. Como consecuencia, el afirmar una postura que intente ir más allá del promedio es juzgado como un acto de traición hacía el “plebeyismo”. El ser promedio implica mantenerse sujeto a lo establecido. Bajo el velo de lo corriente, lo familiar, los sujetos niegan la necesidad de afirmar, y el sentido de lo promedio se convierte en defensa por la mediocridad. Volviendo a la relación con la moral de esclavo, no busca afirmar sino negar a través del resentimiento. Quien intenta salirse de lo convenido se está pasando simbólicamente al bando de los odiados. Y aún si existen o no fundamentos para detestarlos, en su visión clasista y materialista del mundo son mucho “más auténticos” (como diría Nietzsche) porque se construyen a sí mismos a partir de una afirmación.

La capacidad para ejercer voluntad debe ser retomada. Las personas deben reencontrarse con su facultad para superarse a sí mismos, y así superar el nihilismo del status quo. Aún si “lo normal” perdura como barrera, trascenderla significará una verdadera evolución para cada uno. Este es un paso necesario si queremos ver al Superhombre en la Tierra.



[1] Caminos del bosque, pg. 212

[2] Ibíd., pg. 219

miércoles, 16 de enero de 2008

Nietzsche y el hombre promedio


(ensayo que hice para un ramo y que tenía ganas de compartir hace tiempo. Disculpen la densidad inusitada)

Hace unos días[1] participé en un Focus Group. Oyendo a mis colegas notaba como sus actitudes correspondían a lo que podríamos llamar jóvenes promedio. Y sin embargo, sus experiencias e historias hablaban de acciones que distan bastante de lo que podríamos considerar como “promedio”: más de un auto en la casa, consumo de cigarros de marca como Marlboro, fiestas en patios grandes con piscina, etc.


Algo similar me suele suceder en la Universidad. Conozco una multiplicidad de personas que por sus antecedentes materiales, experiencias y actitudes distan bastante de lo que se podría llamar “promedio”, y sin embargo, ellos insisten en sentirse pertenecientes al sector medio. Como ejemplo de esta distancia entre concepción de uno mismo y la realidad, recuerdo la cita de uno de los jóvenes en el Focus Group:


“Clase media… Ñuñoa, La Reina…”


Según datos estadísticos, lo que deberíamos considerar como clase media corresponde al sector C3, con un ingreso promedio de $540.000. Sin embargo, lo sociedad los considera como clase media baja. Su lugar lo ocupa el sector C2, con promedio de $1.000.000.[2] Es realmente curioso notar que, incluso dentro de las categorizaciones generadas por expertos en ivestigación, lo que se denomina “nivel medio” no corresponde con la realidad.


El espectro de lo que se considera como “clase media” siempre ha sido especialmente difuso en Chile. Si se le pregunta a dos personas acerca de a qué sector socioeconómico pertenecen, una residente de La Reina y otra en Estación Central, es bastante probable que respondan lo mismo, a pesar de las diferencias en situaciones, contexto social, ingreso, profesión, etc. Existe un cierto afán por pertenecer al grupo de los promedios. Existen numerosas formas con las que uno se autoproclama como promedio: “del pueblo”, ”roto”, cierto afán por pertenecer al grupo de los promedios. Existen numerosas formas con las que uno se autoproclama como promedio: “del pueblo”, ”roto”, “guachaca”, “normal”. Mi pregunta es por qué está manía de bajar (o a veces subirse) el perfil, persiguiendo el pertenecer a un grupo en que no se poseen las propiedades mismas.


Genealogía de la clase media


Podemos rastrear la fascinación por la clase media en varios sitios. En Europa, fue el surgimiento del pequeñoburgués, personaje que describía en su forma de ser y vivir las contradicciones de la modernidad. Autores como Enrik Ibsen dedicaron su obra a desentrañar los misterios, anhelos y temores de este grupo.


Donde la clase media alcanza un status de perfección en cómo se define, es en la imaginería de la Norteamérica de los años 50 y 60, como parte integral del American Way of Life. Cada elemento es caracterizado a la perfección: la pipa de tabaco, los sweaters, el pan tostado y el café por las mañanas. Cada país tiene su propia definición y denominación acerca de lo que consiste en pertenecer al estrato superior (cheto, fresa), y cada país le adjunta cualidades exclusivas y la gran mayoría siente un odio casi innato por esta representación.


En Friedrich Nietzsche encontramos motivos por los que la sociedad se constituye así: la moral de esclavo. Partiendo desde el inicio:


“En todas partes, “noble”, “aristocrático” en el sentido estamental, es el concepto básico a partir del cual se desarrolló luego, por necesidad, “bueno” en el sentido de anímicamente noble”, de “aristocrático” de “animícamente privilegiado”: un desarrollo que marcha siempre paralelo a aquel otro que hace que “vulgar”, “plebeyo”, “bajo”, acaben por pasar al concepto “malo.”[3]


En un principio, el mundo, lo que era comprendido como bueno y deseable, era definido por las clases superiores. Lo que era bueno era lo que provenía de ellos, indiscutiblemente lo pensaban así. El noble era el portador de la verdad. Por contraste, lo considerado como malo era lo que era externo a ellos: frente a la valentía, existía la cobardía; frente al honor, existía el deshonor. Y quienes solían recibir esos adjetivos eran justamente la oposición de los nobles: el vulgo.


El cambio, según Nietzsche, ocurre con la propagación de la moral judeocristiana dentro de la sociedad europea. Mientras que en la antigüedad la moral la definía el noble (cuya nobleza se asociaba con la capacidad guerrera), la moral judeocristiana es definida por el sacerdote, quien conforma la casta suprema en la tradición judaica. Para el sacerdote, la distinción fundamental se encuentra entre lo puro y lo impuro, siendo lo puro lo deseable y lo impuro lo condenable. Surge esto como opuesto a la vida de excesos de la aristocracia.


Los sacerdotes son, como es sabido, los enemigos más malvados -¿por qué? Porque son los más impotentes. A causa de esa impotencia el odio crece en ellos hasta convertirse en algo monstruoso y siniestro, en lo más espiritual y venenoso.[4]


El acto de transvaloración es, según Nietzsche, un acto de venganza por parte del pueblo judío, caracterizado por su impotencia. Como resultado de la transvalorización, lo puro se transforma en lo bueno. Y son justamente los miserables, aquellos que por tanto tiempo sirvieron de antítesis para el noble, quienes poseen los valores correspondientes a lo bueno. Y si el sentido antiguo de bueno era de actividad, de tomarse al mundo, este nuevo sentido es pasivo; el bueno es quien se refugia del mundo, quien se prohíbe ciertas conductas inapropiadas. Esta es la moral del esclavo, que se fabrica a partir de la negación de la vida y de los excesos (representados apropiadamente por las clases dominantes). El mundo moderno, entonces, con su democracia y sus derechos del trabajador y sus cuestiones sociales, es un mundo construido a partir de la moral de esclavo.


Dentro de nuestro contexto, ciertamente es difícil hablar de una moral sacerdotal. Nosotros los chilenos somos muy distintos en nuestro comportamiento a los europeos del siglo XIX. Nos encontramos lejos de calzar con el modelo de rectitud, de virtud y templanza del cristiano. Ciertamente lo alabamos, cuando es otro quien lo pone en práctica; pero la mayoría, el promedio, se encuentra lejos de obrar en ese sentido. Sin embargo, es posible comprobar que, efectivamente, nuestra moral está impregnada de un resentimiento hacia quienes son considerados como superiores. El “plebeyismo del espíritu moderno[5] sigue con vida.



continuará...



[1] Ahora serían meses

[2] http://www.novomerc.cl/opinion.html

[3] Genealogía de la moral, pg. 40

[4] Ibíd., pg. 46

[5] Ibíd. , pag. 40

martes, 27 de noviembre de 2007

Vigilancia en centros de conglomeración humana: análisis comparativo de la vía pública y los centros comerciales



Dentro de la teoría foucaultiana, encontramos tres métodos por los que los sectores de dominación consiguen disciplinar a los individuos por “el buen camino”: la vigilancia, la sanción normalizada y el examen. Para este ensayo, me enfocaré únicamente en cómo se realiza la vigilancia en nuestra sociedad, en base a los postulados de Foucault. Podemos encontrar principalmente dos tipos de vigilancia: la que es controlada por el Estado, y la que es controlada por sectores privados. En ambos casos es posible poner la teoría en práctica, usando dos fenómenos que representen fielmente una situación de vigilancia como forma de dominación: para el primer caso utilizaré la vía pública, y para la segunda ocuparé los centros comerciales.


Primero que nada, hay que dejar en claro el objetivo de la vigilancia. Lo que se busca por este medio es detectar cualquier tipo de conducta desviante que pueda aparecer, y tomar medidas para suprimir esta actitud deleznable (esto mediante la sanción). Dado el tipo de lugares donde se enfoca este ensayo, “actitud desviante” se asociará con actos relacionados con el crimen, puesto que ese es el objetivo “manifiesto” (en términos de Merton) de vigilar los sitios donde transita una cierta cantidad de gente. Sin embargo, la vigilancia es igual de efectiva para detectar las actitudes de individuos que “atenten contra moral” o “indecentes”.


Empezaré hablando de la vía pública. Enfoquémonos en el sector céntrico de Santiago para estudiar esto. El centro es la zona pública de mayor conglomeración de personas en un mismo sitio, y de forma correspondiente es la zona pública donde se encuentra la mayor cantidad de dispositivos de vigilancia: cámaras visibles y no tanto, personal de carabineros de Chile, etc.[1] Cuando ocurre un hurto en el centro, los noticiarios ya poseen la grabación del suceso, con hora, fecha y leitmotiv. Son en ocasiones como estas cuando se nos recuerda que somos constantemente vigilados; la mayor parte del tiempo, simplemente no lo consideramos. Esto también es parte del sistema disciplinario de Foucault: la internalización de los métodos. Los individuos en sociedad hoy en día están condicionados de tal forma que la vigilancia ha pasado a ser considerada como parte de la vida cotidiana. Se está tan acostumbrado a ella, es tomado con tal naturalidad, que nos olvidamos de su existencia. Aquí también entra en juego la hipótesis de Foucault de que, en la sociedad moderna, no existe un sistema de poder absoluto, y quien gobierna es el sistema mismo. La vigilancia es realizada por personas que poseen un empleo, con obligaciones y responsabilidades. El material grabado, además, no pertenece a un individuo en específico, sino que son propiedad de la institución.


Hay que notar una diferencia sustancial entre la vigilancia en la vía pública y en centros comerciales, relacionado con los postulados de Foucault: La vía pública, a pesar de todos los arreglos que hemos atestiguado los santiaguinos durante siglos, sigue siendo una construcción propia de la arquitectura de la época moderna (cuyo pilar es el desafortunado modelo de “tablero de ajedrez”, característico del imperio hispano). Dado que es una edificación que nació ajena a los ideales de disciplina y poder, es imposible aplicar un sistema de vigilancia completo, tan perfeccionado como aparece en un modelo tipo panóptico. Foucault nos explica que “una arquitectura que ya no está hecha simplemente para ser vista (fausto de los palacios), o para vigilar el espacio exterior (geometría de las fortalezas), sino para permitir un control articulado y detallado –para hacer visibles a quienes se encuentran dentro”[2]. Las calles del centro de Santiago ofrecen variados recovecos por donde es posible escapar de las cámaras. Las grandes cantidades de personas que circulan también entorpecen la vigilancia, facilitando al desviante el pasar inadvertido dentro de los grandes tumultos. Como ejemplo, una anécdota: en una ocasión, mientras hacía unas compras, un vendedor del Johnson’s de Paseo Ahumada me relataba cómo los vendedores ambulantes, típicos de Ahumada, utilizan a menudo el recinto (que no contaba con una vigilancia muy estricta) para esconderse mientras ocurrían las redadas policíacas, y para hacer cuentas de lo ganado durante el día.


El centro comercial es un caso distinto. Este tipo de construcción nació en medio del siglo XX, con necesidades propias del siglo XX: la vigilancia, la disciplina y el control de los individuos son exigencias propias de nuestros tiempos. El centro comercial ha sido pensado, desde el primer bloque de hormigón, para ofrecer la máxima seguridad a quienes acuden inocentemente a comprar algo o a pasar un buen rato. Una pequeña descripción de la seguridad en Parque Arauco incluye: “más de 200 cámaras de vigilancias con monitoreo las 24 horas del día; una mayor cantidad de guardias de seguridad, y botones de alarma conectados con Carabineros, entre otras”[3].


El centro comercial es una institución distinta al Estado, por ser una propiedad privada. El presupuesto para implementar aparatos disciplinarios varía más (a mayor presupuesto disponible, mejor sistema de seguridad) y el manejo de estos es mucho más fiel a intereses individuales detectables. A la vez, existen menos restricciones para ejercer poder por sobre las personas que en la vía, donde estos pueden ampararse en derechos y constituciones. El centro comercial es también la agrupación de los intereses comerciales de varias empresas, que se sienten temerosos por las posibles violentaciones que puedan sufrir; esto les sirve como justificación para maximizar la vigilancia aplicada a niveles absurdos. Quien quiera que se adentre en un centro comercial, tiene que estar dispuesto (inconscientemente por supuesto, de acuerdo a lo tratado con anterioridad) a ser vigilado de forma asfixiante. Es una manifestación de poder distinta, que funciona por medio de otras reglas. Es, en otras palabras, la dominación del capitalismo. ¿De que otra forma es posible explicar la cuantiosa seguridad en estos recintos, siendo que por ellos transitan una cantidad mucho menor de gentes que por las calles, dando menos espacios donde ocultarse (en el anonimato, “entre la masa”)?


Es posible concluir que, si una institución demuestra una mejor capacidad disciplinaria, entonces esta institución es más poderosa. Lo descrito en este ensayo, y lo que se concluye de él, coincide con los numerosos teóricos que afirman que actualmente la institución del Mercado, representado por el neoliberalismo, es la mayor determinante de nuestras vidas, aún más que el Estado.


[1] Un informe más detallado de los sistemas de vigilancia operantes se puede encontrar en http://www.municipalidaddesantiago.cl/seguridad/seguridad.php

[2] Vigilar y Castigar, p. 177

[3] (http://www.vertv.cl/2006/11/aumentan_seguridad_en_tiendas.html . Aunque es un caso extremo, debido a la preocupación por el alto índice de robos en la época navideña, pienso que de todas formas es buen ejemplificador de lo elaborada que puede llegar a ser la vigilancia)

martes, 30 de octubre de 2007

Conocimiento y control


[Texto para un ramo. Muy lleno como para escribir algo nuevo]

La relación entre conocimiento y poder es un tema que no se ha tocado hasta recientemente. Podríamos aglomerar a los teóricos que hablan de esta relación como aquellos que piensan que el conocimiento es una herramienta de los ejes del poder para mantenerse en su posición.

Ya en Marx se avispaba la idea de una relación entre conocimiento y poder. Marx nos hablaba de la sociedad como dividida en dos niveles: el de la infraestructura y el de la superestructura, y de cómo la primera define a la segunda. A partir de esta relación es que se podía hipotetizar que el conocimiento (perteneciente al mundo de las ideas, a la superestructura) no era más que parte del “velo de la ignorancia” que imponía la clase dominante. Por otra parte, Marx no desarrolló mayormente la posibilidad de esta idea. Sin embargo, debe tomarse en cuenta su importancia como precursor de esta visión.

El teórico que fue el primero en descubrir y describir la existencia en esta relación vendría a ser Frederich Nietzsche. Él insiste en la noción de que el conocimiento no es más que una construcción social, originada por aquellos que se encuentran en la cima del poder. Por supuesto que este era tan sólo el punto de vista de un filósofo, que no poseía evidencia argumentativa en absoluto, cosa que para un sociólogo es pecado contra la naturaleza, pero ese punto de partida serviría para muchos teóricos en el futuro[1].

La cuestión acerca del conocimiento y del poder obtuvo una revisión adecuada con la aparición de los teoricos de la reproducción cultural. Herederos de Marx, proponen el ver al conocimiento como una herramienta de manipulación de las clases dominantes. La educación, en específico, sirve para transmitir los valores y creencias que justifican la dominación. De esta forma se asegura la perpetuación del estado de las cosas.

Uno de los exponentes más importantes de la relación entre control y conocimiento en los últimos años es Pierre Bourdieu. Las teorías de la reproducción cultural muestran cómo la adquisición de cierto conocimiento legitimizado ayuda a mantener un status quo dentro del círculo de poder. En el texto Los estudiantes y la cultura, Bourdieu es especialmente lúcido al mostrar cómo la adquisición de conocimiento en la educación superior cumple una doble función dentro de la reproducción cultural: entre las clases altas, mantenerlas dentro de su lugar en la sociedad, a través de la apariencia de mayor inteligencia y capacidad académica. En las clases medias y bajas, perpetuar la eliminación de estudiantes y aceptación de aquellos que adhieren efectivamente a las formas de control. Por medio de una educación homogeneizante, se ocultan las desventajas intelectuales que nacen del hogar y de la mayor apertura de posibilidades. Los estudiantes de clase media aparecen como los “aplicados” y los estudiantes de clase baja aparecen como los “esforzados”

Bourdieu es un autor en extremo original y revelador, pero también puede ser víctima de muchas críticas. La más importante es la referente a si lo que describe es aplicable a otros contextos que no sean la sociedad francesa[2]. Si bien la idea de Bourdieu de una clase dominante altamente intelectualizada resultado cuestionable, lo que sin duda es aceptable es el hecho de que, para realizarse profesionalmente, es necesario adquirir ciertos conocimientos aprobados académicamente. Y más que el hecho de haberlos adquirido o no, lo que realmente pesa es el aprobar las evaluaciones académicas, de tal forma que uno pueda titularse de la carrera que está estudiando. Esto es posible de afirmarse por dos razones: la primera, porque la futura profesión que se realizará no asegura en absoluto la utilización del conocimiento adquirido. De hecho, salvo que se opte por una profesión relacionada con lo académico, la mayoría de los conocimientos aprendidos durante la educación superior serán relegados a un segundo plano mental, debido a que estos no se adecuan a la profesión realizada, no son “prácticos”. La segunda, al entrevistar a diferentes estudiantes y egresados, es poco probable que a todos ellos el conocimiento adquirido les pese de la misma manera. Dicho de otro modo, para algunos este aprendizaje se enraíza más superficialmente en unos que en otros.

Un importante sujeto que trata el tema de la relación existente entre conocimiento y poder es Michael Young. Este sociólogo de la educación propone que la necesidad dentro de su ámbito es la de redefinir el área de estudio. En sus palabras, en lugar de estudiar problemas ya dados, crear nuevas preguntas que den lugar a nuevos problemas. Las cuestiones respecto a la educación vendría a ser un fragmento, un síntoma de lo que es el cómo se define como conocimiento escolar y académico. El deber del sociólogo es encontrar como se define el conocimiento, y como esto repercute en el área de la educación. En Young encontramos una reivindicación al rol del sociólogo de la educación, puesto que él se encuentra en una posición privilegiada para encontrar las relaciones entre conocimiento y poder.

Para entender la relación entre conocimiento y poder como algo percibible en el día a día, basta con explorar los contenidos de los curriculums de la educación básica-media y superior. En el caso de la educación superior, el poder detrás del conocimiento a través de lo que se considera como saber valorado y saber no valorado. Volviendo a lo descrito anteriormente, en la universidad no se tanta importancia a lo que se aprende efectivamente, o a la evolución intelectual del alumnado, sino que se aprueben efectivamente los ramos designados por la malla curricular.

Para ir más lejos dentro de este ejemplo, observemos los rankings de ingreso laboral por carrera. Las profesiones en estos casos se evalúan utilizando las leyes clásicas del mercado, de la oferta y la demanda. Esto no tendría importancia si no fuera porque es posible observar que las carreras que suelen traducirse en mejores ingresos, son justamente las carreras más solicitadas.

En futurolaboral.cl obtenemos el dato del ingreso promedio según carrera. Vemos que el de los licenciados en Licenciatura en Artes graduados entre el 2000 y el 2001 fue de $459.015 mensuales en su cuarto año de trabajo, mientras que el de los licenciados en Medicina graduados entre el 2000 y el 2001 fue de $1.348.570 mensuales en su cuarto año de trabajo. También veremos los datos de postulación. En el año 2007, en la Universidad de Chile, la carrera “Licenciatura en Artes con mención en Teoría de la Música”[3] el primer matriculado (aquel con mayor puntaje) obtuvo 760,45 puntos, mientras que el último seleccionado (aquel con el mínimo puntaje dentro del cupo establecido) obtuvo 659,25 puntos. Por otro lado, en “Medicina, Licenciatura en Medicina”, el mayor puntaje es de 821,25, y el menor es de 757,45. La Universidad católica sólo provee el dato respecto al último matriculado, que serían 633,4 puntos para Arte y 773 para Medicina. Alguien podría argumentar que el número de postulantes a Medicina es mucho mayor que los postulantes a Arte, pero eso no haría más que confirmar lo dicho anteriormente.

Lo que se puede concluir es que un conocimiento valorado se puede considerar como uno que pueda ser puesto en práctica a cambio de un beneficio, que sea rentable. Medicina se observa como un conocimiento altamente rentable por el alto ingreso que se obtiene al ejercerse. En general, es posible ver que existe una tendencia de las carreras científicas de ser las que repercuten en mayores ingresos, lo que sirve para pensar que, en la sociedad contemporánea, es este el tipo de conocimiento más valorado. Por otra parte, las carreras artísticas son poco rentables, no tienen un uso práctico o que genere ganancia económica.

Este pequeño ejemplo sirve para demostrar el hecho de que no todos los conocimientos son igualmente apreciados, y que ese tipo de nomenclatura las generan las facciones de poder. ¿Quiénes ofrecen los sueldos más altos, sino las elites? Al configurar el mercado laboral a su gusto, consiguen dictar con mayor facilidad qué clase de conocimiento posee más valor latente, y esto a través no de un control directo, sino que dentro de la libertad del libremercado.



[1] Foucault, quien mucho después vendría a realizar toda una teoría acerca de cómo la escuela condiciona para la adaptación a las fuerzas de poder, se declaraba un nietzscheano.

[2] Por ejemplo: Jean Anyon describe en clase social y conocimiento escolar la educación primaria y secundaria de las elites, mostrando cómo allí se manejan en términos de excelencia académica y altas presiones para mantenerse al nivel. Esto se contradice con lo que Bourdieu ve como un acondicionamiento por habitus, oculto tras la falsa noción de “talento”.

[3] Existen varias menciones como Teatro o Artes Plásticas. Utilizo esta porque es la que tiene mayores puntajes. La de menor puntaje es Licenciatura en Artes con m/ en Actuación Teatral, donde el mayor postulante tenía 723,1 puntos, y el menor 612,8.

domingo, 9 de septiembre de 2007

Marx y las fiestas patrias


[Fragmento de un ensayo de Sociología Económica. ¡No me copie!]

Bastante se ha esparcido el dato, respecto a la discusión acerca del 17 de septiembre como día feriado, de que el instituto Libertad y Desarrollo calcula que las pérdidas para el país por un día feriado son de 270 millones de dólares. Este dato, que no representa el costo neto (sin calcular los beneficios).

Al estimar el costo de un feriado, cabe preguntarse qué elementos entran en juego. Se toma en cuenta todo el trabajo hipotéticamente realizado dentro de ese día. Un cálculo tal, considerando los elementos sociales dentro de la economía, resulta cuando menos burdo. También permite introducir la pregunta de qué es considerado como trabajo productivo.

Marx distinguía el fenómeno de la plusvalía como el excedente de productividad que un trabajador genera en relación con el precio de su mano de obra. Distinguía entre una plusvalía absoluta que es la generación de excedente por medio de un mayor tiempo de trabajo del necesario, y la plusvalía relativa, la generación de excedente por medio de una mayor productividad por parte del trabajador de la necesaria.

El problema acerca del 17 feriado muestra que existe una noción de tiempo perdido, tiempo que de otro modo podría usarse para generar ganancia. Prueba de ello es el reglamento que se aplicó al aprobar la ley:

Los cambios aprobados permiten extender la jornada laboral de los dependientes del comercio durante los 15 días anteriores a Navidad, hasta en 2 horas diarias, pero con un tope equivalente a 9 días. La futura ley también dispone que la jornada no podrá extenderse más allá de las 23 horas. Asimismo, los empleados del comercio no podrán trabajar más allá de las 20 horas los días 24 y 31 de diciembre; el incumplimiento de estas normas se sancionará con una multa de 5 UTM ($165.000) por cada trabajador afectado por la infracción. Tratándose de empresas con más de 50 trabajadores, la multa será de 10 UTM ($330 mil) por cada empleado y de 20 UTM ($660 mil), si son más de 200 los trabajadores contratados.[1]

Como se observa, la aplicación de la ley dentro de la Cámara de Diputados se refiere al problema de los feriados “Sándwich” únicamente en términos de tiempo, o usando el vocabulario de Marx, en términos de plusvalía absoluta. Este modelo de “explotación” corresponde al trabajador de la fábrica, al que se le estimaba una producción constante bajo un horario de 12 horas diarias o más. Eran otros tiempos, donde ni siquiera existía el concepto de la cuestión social, ni las leyes para los trabajadores.

El hecho de que se hagan leyes de trabajo pensando sólo en cuestiones de tiempo dice cosas muy malas sobre el trato que se les da a los trabajadores. Socialmente es sumamente reprochable. Cualquier libro de historia coincide en que el siglo XIX fue una era de pauperización, y la idea de que se esté planteando la economía chilena en conceptos similares, da para sentir escalofríos.

Pero también tiene una connotación negativa en términos económicos. Pensando en la producción pura, el hecho de que el trabajo sea considerado como una cuestión de tiempo no lleva a ningún lugar. Se utiliza una concepción del trabajo que es, dejando de lado los eufemismos, retrógrada. Marx ya hablaba de cómo el nuevo objetivo del capitalista era de maximizar la producción dentro de un horario establecido. Asimismo, todo el enfoque sobre el tema del trabajo dentro de la segunda mitad del siglo XX y el siglo XXI ha sido el de maximizar la producción a la vez que se minimiza el tiempo transitado. Como ejemplo: empresas exitosas como Google[2] ya orientan a sus empleados exclusivamente a la producción de metas, sin ningún tipo de restricción de horario (salvo las fechas límite).

Pensar la producción como una cuestión de tiempo perdido es una simplificación inadmisible en eras de conciencia social y globalización. Incluso desde el punto de vista de una economía “desocializada”, implica una noción arcaica de lo que se considera como productivo, y por tanto una pérdida e capital humano. Y esto es algo que ni el más sanguinario de los neoliberales podría discutir sin llegar a los clasismos y al estereotipo.


[1] http://www.camara.cl/diario/noticia.asp?vid=27343

[2] http://money.cnn.com/magazines/fortune/bestcompanies/2007/snapshots/1.html